“¿Creen que pueden empalar su alma en sus cuchillos? ¿Que si cortan lo bastante profundamente, extraerán sus sueños de la cabeza, desnudos, retorciéndose y gritando? La razón es, como mucho, insuficiente.”
El señor de los sueños
Al borde de la locuraHa abierto una puerta, y aun así parece que no hay suficiente aire en la habitación para sus cuerpos. Se queda parada, pensando, en el borde de la cama, con aspecto ausente, y se justifica todo lo ocurrido con un simple “estoy acabada”. No atiende a razones, no tiene tiempo, ni ganas, ni necesidad alguna de que le recuerden que no sabe donde esta, que no encuentra sentido a todo aquello en lo que antes creía, y que le aterra no saber que ha podido hacer bajo los efectos del alcohol y de las drogas.
Pero es lo suficientemente lista y atemperada como para no hacer notar su total falta de coordinación mental. Suspiro profundo, una extremidad en el suelo, luego viene la otra, por fin en pie, un paso, otro paso, y finalmente el destino: el cuarto de baño. Totalmente recta sobre el lavabo, observa su cara, los rasgos que tantos problemas le han traído, la calidez de una mirada que ha fundido en cuestión de segundos los corazones de los mas duros hombres de negocios, de los jefes de la mafia mas implacables, de los asesinos mas crueles y sanguinarios de la historia, y que sin embargo de poco le valió para mantener a su lado a la persona querida, a la familia, a los amigos…
La soledad hace presa sobre su cuello, y nota unos dedos fríos que le recorren la nuca y que acarician su garganta tostada por el sol, unos dedos que le dan a entender que cuando quiera, como quiera y donde quiera, puede acabar con todo esto.
Las muñecas. Se mira las muñecas, en un acto reflejo que tanta condescendencia le ha causado, y ve cortes. Decenas de cortes, unos mas profundos que otros, pero cortes igualmente. A cuchillo, cuchilla, con navaja, con cristal, con hierro, con acero, con aluminio, cortes con quemadura incluida, cortes que dejan la piel suave, cortes que hacen que los pelos de la espalda se retuerzan de dolor, cortes que hacen mas cortes y que necesitan ser cortados por pura desidia y malicia. Cortes y más cortes y más cortes.
Se sienta sobre la taza del inodoro. Sus manos resbalan por las piernas y las lágrimas caen sobre su regazo.
Nunca ha sido persona muy dada a pedir o tratar de ser favorecida por el destino, pero en esos instantes en los que el planteamiento de su existencia se aproxima a la muerte y la vida, a los planos materiales, a la decadencia, a la abstracción, a la realidad y los sueños, a las drogas, a la caída en picado en dirección a ninguna parte, en esos instantes requiere de ayuda. Requiere de ayuda, lo admite, pero no tiene a quien pedirla.
El otro cuerpo se mueve, comienza a desperezarse. Ella avanza en silencio hacia la puerta con toda la rapidez que le permiten sus ajados pies, recoge como en una nube toda su ropa, al menos toda la que recuerda que llevaba puesta, abre sus pulmones al llegar al pasillo, y cuando ha atravesado prácticamente el vestíbulo del hotel, hecha a correr como si le persiguieran una turba de fanáticos con espadas y puñales.
Y corre, corre, sin rumbo fijo, sin pararse a mirar alrededor, corre porque tiene que huir, porque sus ojos llorosos delatan su presencia animosa, porque la presión que nota en su cabeza le hace pensar en enfermedades raras, en tiempos pasados en hospitales desconocidos, en callejuelas estrechas que han resistido como por azar al paso del tiempo, a las inclemencias del clima y las veleidades de los humanos, empeñados en hacer pequeño lo moralmente valido, y grande lo que hace tiempo esta hundido y perdido bajo el océano.
Cuando ha cruzado doce o trece calles al galope, cuando se da cuenta de que como persona que es debe respirar para mantenerse con vida, aunque eso poco le importe ahora, se detiene. Se detiene y se apoya contra un murete levantado en medio de ninguna parte, como si de un monumento a la soledad y el abandono se tratara. Un murete que le recuerda su vida, sus penas y sus glorias, sus fracasos, sus desplomes, sus cientos de huidas a la desesperada. Con un trazo de colores brillantes, palabras y dibujos se entretejen sin piedad en la desgajada pared, como temerosas de que al mirarlas alguien pueda encontrar significado a sus formas y estructuras. Se gira por completo para tratar de descifrar lo que la pared tiene que decir, y aunque en un primer momento el sentido parece ser laxo e inconexo, tras breves pasadas rápidas sobre los puntos principales del dibujo, este comienza a tomar forma.
Una serie de personas están persiguiendo lo que parece ser un oso, a la carrera, a través de una pequeña pradera rodeada de árboles, un claro en un bosque, y las personas, armadas con palos y con cuchillos, tratan de rodear al animal. Junto a las imágenes, las palabras forman una especie de poema, una oda a los tiempos en los que la especie humana no tenía tantas preocupaciones y podía dedicarse al ocio y al amor.
Pasan los minutos, el silencio sepulcral que le rodea es ignorado como son ignoradas las contemplaciones de personas tristes que creen ver a una yonqui acabada mirando una pared sin sentido alguno, personas que aun a pesar de todo, no creen necesario malgastar un poco de su tiempo en preguntarse que hace un chica joven, bien vestida y con aspecto de haber sufrido un shock grave, parada en mitad de la calle, observando detenidamente un mural que un par de chavales se entretuvieron en pintar hace un par de meses, puede que para alejar sus mentes de problemas cotidianos, de drogas, de alcohol, de corrupción mental, de falta de cariño, o simplemente por placer, por puro placer.
Pasan los minutos, y por más que reflexiona no logra encontrarle un verdadero sentido al mensaje. Es más, no le gusta el mensaje en cuestión. Le parece falto de sensibilidad histórica, de rigor, de veracidad. ¿Quién puede afirmar con tanta satisfacción, con tan poca lucidez que hace miles de años se vivía mejor? Se viviría igual, solo que entonces los problemas serían otros, más, menos complejos, problemas sin solución, problemas que acarreaban la muerte del oprimido, problemas de todo tipo, pero problemas al fin y al cabo.
¿Qué sentido tiene denotar que en el mundo actual, sobre todo en el “paraíso” occidental, nos hemos inventado cientos de problemas porque nuestro ocio no da más de sí? ¿Cuánto tiempo hemos tardado en entender que la verdad nunca es mas que un trozo del mundo, que nuestros ojos no pueden mas que llorar ante la inmensidad del planeta, de la vida, de todo lo que compartimos con el resto de los humanos, que aunque pueda parecer estúpido, los sentimientos resbalan entre nuestras mejillas, ya que la vida es tristeza, infinita, inconmensurable, inmensa, inalcanzable, inacabable, la vida es sorpresa, es susto, es soportar prioridades empresariales, calvarios sociales, desaparición de toda ética por el bien común, aceptación de lo malvadamente cotidiano, y negación de la bondad intrínseca a todo individuo?¿Qué creen poder conseguir dibujando por paredes anónimas cosas así?¿Pretenden encontrar una medicina mágica que aplicar sobre las heridas que no reposan físicamente sobre nuestros cuerpos?¿Creen poder hallar el bien puro, la bondad innata, la autocomplacencia, el poder necesario para expulsar a los demonios que nos gobiernan?¿Creen de verdad en cosas así?
Sigue pasando el tiempo. Claro, es difícil detenerlo en realidad. En realidad imposible.
Nunca ha tenido miedo, pero en ocasiones como esta le asaltan las dudas acerca de su condición de humana compungida e inestable. ¿Cuántas veces ha huido ya? ¿Cuántas con las manos vacías tras no recordar nada de lo ocurrido?
Intenta ser racional, venga. Trata de comprender porque uno hace lo que hace, porque en ocasiones los seres humanos somos capaces de las peores cosas si creemos en ellas. Consíguelo y serás premiado. Fracasa y tu destierro al mundo de los ilusos y los soñadores será inmediato.
No quiere ser nada. No quiere ser nadie. No quiere estar. No quiere sentir. Y en ocasiones preferiría no existir, no haber existido nunca.
¿Hay motivos para la melancolía en el mundo en que vivimos? ¿Tenemos liviano derecho a estar tristes ocupando el lugar que ocupamos?
¿Cuánto hemos gastado? ¿Cuántas veces hemos atribuido nuestra sangría personal al bienestar de los demás?
Las posibilidades son infinitas, casi tantas como realidades alternativas parecen existir. En ocasiones no tenemos más que mostrarnos como lo que somos para que se nos permita avanzar y atravesar las puertas del cielo.
Sonríe y avanza a pasos agigantados hacia el final de los tiempos, hacia el lugar donde todo tiene un sentido y donde las personas que cubren la tierra igual que lo hace el agua o la arena o los demás animales, van a estancarse.
No, no, en realidad hacia lo que avanza es en dirección a ninguna parte, se aleja del murete con paso rápido, pero sin un lugar físico en mente. Trata de preguntarse que haría otro en su lugar, pero lo que no encuentra un porque común se separa con alevosía y por la espalda del resto de las preguntas hechas y por hacer.
Sigue en la calle, claro. Sigue porque sigue sin tener donde ir. Una puerta. Una puerta pintada de verde en medio de la ciudad. Un vestigio cercano de un pasado ausente y marchito del que no se ha conservado prácticamente nada. No por un reducido interés, sino por desidia, pereza, codicia entre hombres, corrupción y falta total de palabra.
Acércate, parece decir el mensaje escrito en la puerta. Acércate a mi madera gastada, a mi pintura descolorida, a mi pomo oxidado, acércate para que podamos verte de cerca, niña, para que podamos observar bien tu belleza, tu encanto y tu maravillosa presencia. Acércate porque con total seguridad seremos los únicos de los que oirás cosas bonitas. Los únicos que te lo dirán porque lo piensan de verdad, que no quieren conseguir algo a cambio, que no desean aprovecharse de tu inocencia, de tu aparente locura para cometer actos carnales que cualquier hombre sensato rechazaría, no por impuros, no por escandalosos, sino por malvados para contigo.
Se aproxima con temor, pese a que entiende perfectamente lo que le están diciendo, pese a que ella tiempo ha que asumió esa dicotomía de la que hablan los habitantes del otro lado. Pero sigue teniendo miedo. ¿Quién son esa gente?¿Qué pueden querer de ella, que no persigue bien alguno, que lo poco que desea se enmarca en una muerte perfecta, indolora, incolora, en la inexistencia como punto de inflexión en una situación tragicómica llena de altibajos, en las visiones preparadas por los magos y hechiceros que han infectado su parcialidad desde que vino al mundo?
Controla las pasiones malditas que nos traicionan y nos acarician la espalda como síntoma de debilidad. Las controla y se siente más segura. Parece saber lo que hay saber para actuar, bien sea que se gane unos cuantos golpes bajo las estrellas.
Venga, parece decirse, me voy a acercar, puede que lo tengan que ofrecerme no me interese, o quizás me descubran aspectos de mi propio ser que desconocía hasta el momento, que me convenzan o me condenen a soportar una carga mas fuerte de lo que mi cuerpo pueda resistir.
Se toca los ojos, para comprobar que ha visto la puerta, que las voces que parecían hablarle desde el otro lado no son una fantasía bien preparada por su carácter esquizo. Se rasca los bordes de los parpados, y se acaricia los nudillos tras haberlo hecho, como temerosa de que lo que realmente sea fantástico sea la imagen de su propio cuerpo. Pero no, su cuerpo existe, sus ojos se mueven y se humedecen tras sus parpados, que a pesar de resultar en ocasiones una carga demasiado pesada, siguen ahí, resguardando las corneas y las pupilas. Y los nudillos. Los nudillos han golpeado demasiadas veces su propia cara como para que no tengan una presencia innegable. Es real. Todo real. Adelante entonces.
Está tocando la puerta.
Se ha acercado lo suficiente como para que sus dedos se encuentren de pronto acariciando las estrías rayadas de madera que se han desarrollado por toda la superficie con el paso de los años.
Acariciar es un acto enrevesadamente sencillo. Todo es fácil de hacer si se tienen los protocolos adecuados para actuar, pero cuando uno se halla perdido, se ha alejado lo suficiente de la manada como para que nadie pueda escuchar sus gritos, y estos no puedan ser transportados por el viento, entonces se vuelve muy complicado. Complicado porque no resulta adecuado prestar tu cabeza a unos juegos tan extraños, a cosas que nadie entiende y que los pocos que lo hacen son quienes lo manejan y no atienden a razones ni buenas intenciones.
Mientras acaricia la puerta le vienen a la mente recuerdos de antaño, de épocas pasadas, de epopeyas gloriosas en mundos, sistemas, universos transversales, ajenos al restañar de la plata y el oro, de la sangre y la mugre en orbes lejanos y puede que destruidos hace centenares de milenios, planetas que no son mas que reflejos luminosos que se transmiten a través del tiempo, milagrosos vestigios de lugares oscuros y grisáceos, que se han conservado en el imaginario colectivo del universo creador, central y único.
Como respuesta inmediata a sus reflexiones, la puerta verde desgajada por el tiempo y los rigores de la meteorología comienza a abrirse, dejando pasar a su través pequeños rayos de sol que inician su andadura matutina.
Ella se inclina como quien se mira en un espejo y comienza a cantar para sus adentros. ¡Rayitos, rayitos de sol, amantes de verdad, intentad seguidme a través de esta puerta, porque creo que si entro por ella, no voy a regresar jamás!
Bien pensado, el remedio nunca es peor que la enfermedad. Lo que realmente mata, y muy, muy despacio, es la inactividad total a la que la enfermedad condena de una manera irreversible. Y eso es tan simple como que la espera se torna dolorosa e inacabable aun a pesar de ser comprensible cien por cien.
Si tan deshecha se encuentra mi vida, si mi situación personal actual es un completo desastre, un puzzle al que le faltan la mitad de las piezas, no tiene sentido alguno no atravesar unas cuantas puertas, pues ¿Qué mal pueden hacerme aquellos que estén al otro lado?¿acaso no atravesó Alicia el espejo antes? Bueno, bien es cierto que en ese sentido, aquel relato no es más que el reflejo enfermizo de un supuesto pedófilo, pero no por ello deja de ser un buen reflejo. Lo que Alicia consiguió al pasar al otro lado, fue un mayor conocimiento del fuego, de la verdad que ardía en su interior, y que exigía a gritos ser desvelada.
Puesto que nada podía alegar en contra del argumento de atravesar la puerta, lo hizo.
Y hasta aquí podemos continuar con la historia. El resto, a su debido tiempo y en el lugar indicado.